Al hilo del debate de moda estos
días sobre las medidas que se podrían haber adoptado para haber reducido los efectos de la crecida
del Ebro, la opinión sobre la inevitabilidad
y la escala sobrehumana de estos fenómenos, asociado a la imposibilidad
de domeñar los ríos y ciertas intervenciones contraponiendo el uso de técnicas
humanas para domesticar a la naturaleza (¡ese grito de “cemento no,
inteligencia” que se ha oído en las redes sociales!) creo que cabe aportar
algunas reflexiones.
La actividad humana en gran
medida se basa en discutirle a la naturaleza determinadas potestades, no con
ánimo de vencer de modo aplastante, pero sí de conseguir unas condiciones que faciliten
la vida del hombre (y si puede ser más cómoda, mejor).
Desde que se empezó a calentar
(hoy diríamos climatizar) el ambiente dentro de una cueva mediante un fuego de
leña (se supone que tras que Prometeo nos entregara el arcano saber del fuego,
lo que le condenó al suplicio eterno por parte de esos mismos dioses que serían
la representación de los poderes naturales) nos hemos dedicado a enmendarle la
plana a la naturaleza.
¿Quién se atreverá a decir que no
estamos en nuestro derecho? Cualquier especie usa sus habilidades para
sobrevivir (o para mejorar sus expectativas vitales). ¿A quién se le ocurre
mantener que la tierra es un paraíso que mana leche y miel? La tierra solo da los
frutos de lo que se siembra y laborea y
el acto de cosechar no es más que una forma elegante de llamar al proceso de
arrancarle a la tierra el resultado de un trabajo que conlleva sudor y
esfuerzo.
Pretender por tanto, que una
simple actitud contemplativa (y en algún caso hasta condescendiente con el
entorno) va a permitirnos mantener unos estándares de vida que nos henos puesto
como referencia no es una actitud solo ilusoria, sino que puede ser hasta
criminal.
Los recursos y fenómenos
naturales son el escenario y la carpintería teatral en la que se desarrolla el
drama de la vida. Si nuestra inteligencia (que es nuestra principal arma)
diligencia o sensibilidad nos permiten adaptarlos a nuestras necesidades o
incluso a nuestros gustos (los jardines franceses de Versalles no están
constituidos por otra cosa que por especies vegetales existentes en nuestro
planeta, estéticamente distribuidas) no cumpliríamos los propios designios de
la evolución natural como queda perfectamente descrito en la obra de Darwin.
Por tanto ante circunstancias
como las inundaciones del Ebro cabría decir: “resignación no, actividad”. Y
toda actividad es poca. Usando la inteligencia, regúlese, dráguese, retírense
instalaciones que no sea conveniente que estén en zonas inundables, úsense las
zonas de márgenes como “embalses verdes”...
En definitiva, usemos toda la
inteligencia de la que la propia naturaleza nos dotó, y no tan solo aquella
parte que nos conduzca a adoptar soluciones que coincidan con las derivadas de
nuestros propios prejuicios.


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